tres generaciones, un solo horno.
La Espiga,
desde 1962.
Don Antonio abrió el horno con cuarenta y dos años, una saca de harina y la promesa de no usar nunca harinas blancas empobrecidas. Era 1962 y la calle Mayor olía a serrín, a aceite de oliva y, a partir de aquel día, también a pan recién hecho.
Su hija Carmen aprendió el oficio mirando: cómo se hace la masa madre, cómo se reconoce el momento exacto de la fermentación por el olor, cómo se entiende a los clientes con una mirada. En 1989 tomó las riendas y añadió las hogazas de centeno, los panes de semillas, las ensaimadas de los domingos.
Hoy somos Lucía y Pablo, sus hijos. Hemos cambiado pocas cosas: la balanza ahora es digital, el horno se enciende con un mando, y tenemos esta pequeña web. Pero la masa madre sigue siendo la misma; lleva un nombre —Currusca— y cumple sesenta y dos años.
Currusca, nuestra madre
Don Antonio enciende el horno
Carmen toma el delantal
Lucía y Pablo, tercera generación